Ridículo: El que se alaba a sí mismo


En la segunda epístola del apóstol Pablo a los corintios se puede escribir sobre temas muy complicado e incómodos como las ofrendas, los diezmos, la fornicación y el adulterio. Esta semana estaba leyendo el capítulo 10 de dicha epístola y he decidido tocar el tema de las auto adulaciones.

En mi corta o larga vida (dependiendo de quien esté leyendo esto) me he encontrado con personas con una supuesta alta autoestima, que en realidad es una altivez disfrazada. Creo que muchos hemos chocado de frente con este gran defecto en los seres humanos. En algún momento de nuestra vida hemos pensado que somos los reyes del universo (tipo “he-man”) y dejado llevar por esa vanagloria que es tan suculenta y apetitosa. ¿Por qué digo eso? Las personas somos seres que nos gusta que nos digan algo bonito, es decir, a nadie le gusta que le digan que es tonto, feo, estúpido o adjetivos por el estilo; a todos nos gusta que nos digan que somos inteligentes, con grandes talentos, listos, rápidos y cosas por el estilo. Creo que no es malo que las demás personas vean cualidades buenas en cada uno de nosotros; lo malo es que esas alabanzas corrompan nuestro “yo” y nos hagan vivir en una nube de arrogancias sin límites.

A mi en lo personal me ha pasado, y las consecuencias son muy catastróficas, ya que Dios hace que comamos tierra después, que vayamos al fondo del pozo a traer agua y saborear un poco del sabor amargo que tanto hemos emanada tiempo atrás. El alabarse así mismo se puede convertir en una enfermedad y uno de los estragos puede ser el quedarse sin verdaderos amigos, un alejamiento de las personas como la familia, compañeros de trabajo, hermanos de la iglesia o compañeros de cualquier sociedad o club.

No te alabes a ti mismo, no construyas una nube para vivir ahí, para luego caer aparatósamente, mejor dale la gloria a Dios quien verdaderamente se la merece. Entrégale tus talentos a Dios, y que sea Él el que sea honrado, te irá mejor de esa manera.

2 Corintios 10. 17 Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; 18 porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba.

por Josué Manuel Guzmán

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