El Envidioso


Envidiar es una emoción que no sólo implica anhelar lo que la otra persona tiene, querer estar pasando por la misma circunstancia que el otro; el acto de envidiar implica mucho más: te coloca en un plano de continua insatisfacción y de queja permanente. La envidia nace de la sensación o de la creencia de que nunca voy a tener lo que el otro posee.

Son emociones que lentamente nos destruyen, sin darnos cuenta de que la procesión va por dentro.

Reyerta, incomodidad, rabia y ahogo son sentimientos con los que nos encontramos al pensar que no hemos alcanzado lo que otros sí tienen.

Podemos envidiar un carro, un cuerpo espectacular, una casa hermosa, una inquebrantable salud, un cargo de jerarquía, un buen esposo, una mujer atractiva e inteligente, las habilidades de un amigo y muchas cosas más.

Envidiar es desear lo que el otro quiere. Es por esta razón que la excelencia y el triunfo siempre traen envidia. Nadie envidia a un miserable o a un linyera (vagabundo). Se envidian los logros, el reconocimiento, la casa, el dinero, la familia, la pareja, los amigos.

La envidia es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitarte lo que has logrado. Si eres alguien de éxito, siempre te perseguirán.

La envidia es una batalla campal producida por el logro de otros. La envidia es un deseo de venganza; tu brillo opaca al envidioso.

La envidia acorta la visibilidad y actúa como la neblina en el camino. La persona que envidia pasa tiempo opinando y juzgando todo lo que el otro tiene, en lugar de orientarse a alcanzar sus propios sueños, por lo cual, termina convirtiéndose en verdugo en vez de ser protagonista de su propia vida.

La envidia es un deseo de destrucción, de odio. Las muertes, las violaciones, las estafas, los engaños, los maltratos nacen por la envidia, por ambicionar lo que el otro tiene.

¿Qué sientes cuando otra persona te da una buena noticia de él, que se casó, que tienen carro nuevo, que tiene una novia bonita, que se ganó un viaje a Europa?

El rey Salomón dijo “La envidia corroe los huesos”.

Aunque no lo creas, la base de muchas enfermedades se origina en la envidia. La envidia siempre enferma y no sólo enferma el cuerpo físico sino que también amarga el espíritu.

Necesitamos aprender a celebrar y festejar los éxitos ajenos. Si puedes hacerlo, significa que estás en condiciones de anticipar que lo mejor, y bendiciones aún mayores, están por llegar a tu vida.

Cada logro del otro debe ser un desafío para ti. El éxito del otro no debe ser motivo de envidia, sino fuente de inspiración.

El éxito del otro debe inspirarte, llevarte a que analices cómo lo hizo, cómo lo alcanzó. La gente envidiosa sólo mira el carro que el otro tiene, quiere el sueldo que el otro percibe, pero no se detiene a pensar qué es lo que el otro hizo para alcanzar todo eso; sólo ve el final, pero no tiene capacidad de mirar el proceso.

Para poder alcanzar lo que el otro hoy tiene, tienes también que aprender a atravesar el proceso, a tener voluntad y coraje, fuerza, energía y temple para recorrer el camino.

Es probable que mientras unos estaban preparando una fiesta y un pachangón, otro estaban preparando un postgrado.

por Josué Manuel Guzmán

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